Por Oyuki Zulay Sanchez
En la geografía social del Golfo de México existe un trabajo silencioso que sostiene buena parte de la economía pesquera, pero que rara vez aparece en las estadísticas oficiales o en los discursos de política pública. Son las manos de las mujeres despicadoras. En comunidades como Moralillo, Veracruz, estas mujeres representan uno de los eslabones más importantes y al mismo tiempo más invisibles de la cadena productiva del camarón.
Mientras los reflectores suelen dirigirse hacia la captura o la comercialización del producto, el proceso artesanal de limpiar, clasificar y preparar el camarón ocurre en espacios donde el trabajo femenino se mezcla con la resistencia cotidiana. Las despicadoras no solo procesan marisco; sostienen hogares, crían hijos y mantienen viva una tradición laboral profundamente ligada al mar. Sin embargo, lo hacen en condiciones que reflejan una profunda desigualdad estructural: ingresos bajos, empleo temporal, ausencia de seguridad social y exposición constante a riesgos físicos y sanitarios.
La investigación reciente sobre bienestar social y sustentabilidad laboral en el sector pesquero del sur de Tamaulipas una realidad que se replica también en el Moralillo, Veracruz, muestra que estas trabajadoras forman parte de uno de los grupos más vulnerables dentro de la cadena productiva del mar. La precariedad laboral no es solo económica; también es institucional. Muchas de ellas trabajan por jornadas largas, con movimientos repetitivos y en contacto directo con productos del mar que pueden generar alergias, dermatitis o problemas respiratorios. Pero lo más grave no es únicamente el riesgo físico, sino la invisibilidad social que rodea su labor.
Las despicadoras son un ejemplo claro de lo que algunos investigadores llaman “trabajos feminizados invisibles”: actividades esenciales para el funcionamiento de una economía local, pero que históricamente han sido relegadas a la informalidad. En Moralillo, Veracruz, como en muchas comunidades pesqueras del Golfo, el trabajo de estas mujeres ocurre en patios, bodegas o pequeños centros de procesamiento donde la organización laboral depende más de redes comunitarias que de estructuras formales de empleo.
Paradójicamente, en esa misma precariedad también se construyen formas de resiliencia social. Las despicadoras no solo comparten trabajo; comparten conocimiento, apoyo mutuo y estrategias de supervivencia económica. Son comunidades de trabajo donde el bienestar no depende únicamente del ingreso, sino también de la solidaridad y de la identidad colectiva que se forma alrededor del oficio.
Sin embargo, esa resiliencia no debe convertirse en pretexto para la indiferencia institucional. Si el país habla hoy de justicia social, desarrollo regional y bienestar, entonces es momento de mirar hacia estas mujeres que sostienen silenciosamente la economía pesquera. Incluirlas en programas de apoyo, reconocerlas como trabajadoras del sector y garantizar condiciones laborales dignas no es un acto de asistencia, sino de justicia.
Porque detrás de cada kilo de camarón que llega al mercado, hay historias que rara vez se cuentan. Historias de mujeres que, desde Moralillo hasta el sur de Tamaulipas, trabajan con las manos en el mar y los pies firmes en la lucha diaria por la dignidad.
Y quizá la verdadera pregunta que debemos hacernos no es cuánto produce la pesca en el Golfo, sino cuántas mujeres siguen trabajando en silencio para sostenerla.
