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-La búsqueda del poder por el poder
-La fragilidad de los nuevos partidos
-El “cáncer” comunista
Punto por punto
Raúl Hernández Moreno
8-julio
Conseguido el registro formal como partido, Somos México formó un comité municipal en Nuevo Laredo, al frente del cual quedó Felipe Salazar, un ilustre desconocido, aparentemente proveniente del PRI.
El nuevo partido desatendió a Luis Eduardo Valladares, Ernesto Gabriel Contreras, Sergio Martínez López, elementos que meses atrás participaron en pláticas tendientes a la formación de Somos México, pero no concretaron nada.
Por cierto, el líder estatal del Partido Verde, Manuel Muñoz Cano, opina que ambos partidos perderán el registro en las elecciones del 2027, al no obtener la votación mínima para conservarlo.
Mientras eso pasa, Somos México se va a embolsar 84 millones de pesos en prerrogativas económicas, durante el resto del año, 14 millones al mes.
Obviamente 14 millones para distribuirse entre los 300 distritos del país no alcanzan para casi nada y la mayor parte de los recursos terminarán en manos de la cúpula partidista. Así es y así ha sido siempre, en todos los partidos, en todas las épocas.
Si Somos México genera reservas por su supervivencia, el nuevo partido conservador PAZ, está igual. Es la tercera vez que PAZ obtiene su registro. Antes lo tuvo bajo la dominación del PES. En esta nueva oportunidad llegó de la mano de Morena, lo que sería un absurdo si las ideologías políticas existieran, pues se supone que Morena es liberal, aunque en la práctica es un partido de mochos y por eso tiene ahí a la diputada Gaby Regalado, más mocha que un arzobispo.
Las ideologías desaparecieron hace mucho tiempo, lo que prevalece es el pragmatismo, la lucha por el poder, sin importar lo que se tenga que hacer para conseguirlo. No importa hacer a un lado los valores morales, siempre y cuando se acceda al poder.
El 2027 será una prueba de fuego para Somos México y PAZ, que van a luchar por su supervivencia, pero la misma regla aplica para todos.
Morena aspira a conservar su mayoría en la Cámara de Diputados para seguir ampliando su tiranía, acotada actualmente por las políticas del presidente Donald Trump que le acaba de declarar la guerra al comunismo internacional, lo que nos trae el recuerdo de la época de locura del senador Joseph McCarthy, en la década de los cincuenta del siglo 20, cuando en Estados Unidos se desató una cacería de brujas contra el comunismo.
De pronto, todo mundo se convirtió en delator y acusó, muchas veces sin argumentos, de que tal artista, tal empresario, tal político estaba relacionado con los comunistas. fueron arrestados y encarcelados, otros huyeron del país.
La persecución fue replicada en México. A los líderes ferrocarrileros Valentín Campa y Demetrio Vallejo se les encarceló y lo mismo pasó con el pintor David Alfaro Siqueiros al que se acusó del delito de disolución social, el eufemismo que se empleó para encarcelar comunistas.
Todavía en los sexenios de Díaz Ordaz y Luis Echeverría, se usó el fantasma del comunismo para acusar a los adversarios. La matanza estudiantil del 68 se apoyó en el argumento de que el movimiento formaba parte de una conjura comunista para apoderarse del poder.
Hasta el Excélsior que dirigió Julio Scherer -que fue expulsado de la cooperativa hace 60 años- se le acusó de tener inclinaciones comunistas.
A la ala radical de Morena, un Max Arriaga, Paco Ignacio Taibo II, John Ackerman, Epigmenio Ibarra, les gustaría que desde hace ocho años Morena se hubiese declarado gobierno comunista, pero hoy que Trump declaró al comunismo como un “cáncer”, han de estar agradecidos de que Morena no lo haya hecho. Tontos no son.
