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-Se venden en 35 mil pesos en adelante
-Solos los hipócritas y los tontos los valoran
-Instalan placa con nombres de presidentes
Por Raúl Hernández Moreno
El portal digital Reporte índigo publicó en su edición de hoy una investigación en la que exhibe el negocio de la venta de doctorados honoris causa que realizan alrededor de 30 organizaciones civiles en el país, que los ofertan en cantidades que parten de los 35 mil pesos en adelante.
Además, adelantó que el Senado prepara una ley para prohibir su venta.
Hay que decir que los doctorados honoris causa no tienen valor académico. No ayudan a obtener una plaza de maestro en Harvard, Yale y ni siquiera en la UAT.
En realidad, quienes se ostentan como doctores, con esta clase de papeles, se hacen tontos solos y exhiben su ausencia intelectual.
No todos los doctorados -hablando de los reales- obtenidos en universidades privadas y públicas tienen el mismo valor.
No es lo mismo doctorarse en el Instituto Tecnológico de Massachusetts que en un modesto instituto tecnológico mexicano. Allá hay que fregarse de verdad para doctorarse, acá se puede conseguir con favores.
En febrero de 1982, el jefe de policía del Distrito Federal, Arturo Durazo Moreno, recibió un doctorado honoris causa de parte del Tribunal Superior de Justicia, a pesar de su fama de ignorante. También fue nombrado general, sin ser militar.
Si a usted le sobran 35 mil pesos y quiere darse el gusto de comprar un doctorado honoris causa para enmarcarlo y colgarlo en la pared de su oficina o de una habitación en su casa, adelante, pero debe estar consciente que sólo los hipócritas y los tontos lo van a festejar.
Todos los demás, saben que esos papeles se hacen con cualquier computadora y su impresión, en papel elegante y bonito, cuesta unos pesos. En Monterrey hay distribuidoras de productos para imprenta, que ofrecen miles de hojas de papel de toda clase de colores y gramajes.
Por cierto, en la sala de cabildo del ayuntamiento se instalaron dos placas metálicas con los nombres de los presidentes municipales de Nuevo Laredo. Una contiene los nombres de los que fueron en los siglos 19 y 20 y otra de los que lo han sido en el siglo 21.
Las placas fueron develadas por la presidenta municipal Carmen Lilia Canturosas.
Todo lo anterior nos hace recordar el nombre del insigne personaje que fue Agustín Arriaga Rivera que en la década de los años cincuenta fue jefe de la Junta Federal de Mejoras Materiales, organismo que manejaba los recursos federales que se invertían en los municipios.
Fue en su gestión cuando se construyeron el parque Viveros y la unidad deportiva Benito Juárez, que ochenta años después siguen siendo de gran utilidad para los neolaredenses.
Aunque en estricto lenguaje jurídico, Arriaga Rivera no fue alcalde, creemos que su nombre se cuenta entre los cinco mejores alcaldes que ha tenido Nuevo Laredo en su historia.
Cuando Ricardo de Hoyos fue presidente municipal, de 1984 a 1986, honró a Arriaga Rivera, imponiendo su nombre a una pequeña calle alrededor del parque Viveros y el buen hombre estuvo presente.
Arriaga fue gobernador de Michoacán de 1962 a 1968. Era masón, cuando ser masón era sinónimo de liberal. Con el tiempo los masones se volvieron conservadores, pero esa es otra historia.
