Juan Antonio Montoya Báez
La estrategia infalible del ataúd
El precio de una presidencia municipal en Ciudad Victoria ronda, números más, números menos, los 60 millones de pesos. Esto no es un invento; son los cálculos fríos que realizan los propios aspirantes y sus operadores políticos más colmilludos.
Haciendo memoria, una de las campañas más caras de la historia local fue la de Pilar Gómez, aquella alcaldesa sustituta que entró al quite tras el desastroso paso de Xicoténcatl González Uresti, y que luego recibió la candidatura del PAN para intentar quedarse en la silla.
A decir verdad, Pilar no hacía un mal trabajo en el ayuntamiento, pero el enojo de los victorenses era simplemente monumental.
El saqueo y la ineptitud registrados en el trienio de “Xico” —sumados al desprecio sembrado en el sexenio de su primo, el gobernador de corte texano Francisco Javier García Cabeza de Vaca— terminaron por hundirla.
Para la próxima contienda en Ciudad Victoria, los expertos auguran que la cifra superará con creces esos 60 melones. Tan solo los potenciales aspirantes de la oposición, Jorge “Tico” García y Juanjo Salazar, ya se habrán desembolsado por lo menos un 15 por ciento de esa millonada en pura promoción anticipada.
Pero bueno, a ellos no hay nada que reprocharles; al menos se trata de dinero de sus propios bolsillos y no de recursos públicos, como ocurre descaradamente con otros suspirantes.
En los pasillos políticos se rumora con insistencia que “Tico” García y Juanjo pagaron en su momento unos dos millones de pesos cada uno por las candidaturas de Morena y de Movimiento Ciudadano, respectivamente. Insistimos: es su dinero y cada quien se lo gasta como quiere.
Tomando en cuenta estos montos estratosféricos, cabe preguntarse: ¿qué tanto le puede costar a un funcionario con aspiraciones hacer una pequeña maniobra de última hora para evitar que le sigan manchando el expediente?
Ayer, el compañero Abel Guzmán publicó en su muro de Facebook un mensaje revelador:
“Quiero reconocer y agradecer públicamente al secretario del Trabajo, Gerardo Illoldi Reyes, por atender personalmente el caso de mi señora Marisol Uriegas y ayudar a destrabar un conflicto laboral que llevaba años sin encontrar solución. Su intervención permitió revisar lo que estaba ocurriendo, detectar omisiones y trabas burocráticas y, finalmente, lograr un acuerdo conciliatorio favorable con Funerales del Refugio. Más allá de que el caso se hizo mediático, hay que reconocer cuando un funcionario escucha, interviene y ayuda a resolver. Gracias, secretario Gerardo Illoldi…”
La historia detrás del agradecimiento es menos idílica. La señora Marisol Uriegas, junto a su esposo Abel, había iniciado una desgastante lucha de varios años por el pago de su indemnización laboral, mientras la dependencia encargada de impartir justicia simplemente les daba largas.
Hartos del burocratismo, la pareja implementó una ingeniosa protesta: empezaron a circular motocicletas por la ciudad con el rostro de Illoldi, acusándolo de la corrupción imperante en la Secretaría del Trabajo. Encima de las motos exhibían un féretro que simbolizaba la muerte de la justicia laboral.
Esta peculiar publicidad paseó frente al Palacio de Gobierno, Casa de Gobierno y hasta el edificio de Tiempo Nuevo. En lugar de atender de inmediato la demanda de justicia, las víctimas fueron objeto de una feroz guerra sucia en redes sociales. Sin embargo, no desistieron y finalmente doblaron al sistema.
Que no nos confundan: el secretario Illoldi solamente cumplió con su estricta responsabilidad legal. Resolver este conflicto no le costó un solo centavo de su bolsa y, comparado con el precio de la campaña a la alcaldía en la que desesperadamente quiere competir, el precio real que pagó fue la humillante exhibición pública de la corrupción e ineptitud que privan en la dependencia a su cargo.
El camino que mostraron estos ciudadanos es muy simple: presionar y exhibir las transas laborales. El problema es que la solución a este caso fue meramente individual, mientras quedan en el tintero cientos o miles de trabajadores que siguen esperando justicia.
Este movimiento demostró que no hay Goliat invencible; se pueden apedrear las ambiciones de los poderosos y exhibirlos en su realidad. Más aún cuando pretenden enarbolar un movimiento que jura no robar, no mentir y no traicionar… los tres pecados capitales que más cometen algunos funcionarios de la supuesta 4T, quienes por lo visto llegaron más que hambreados al presupuesto.
Bueno, por hoy es todo.
