Por Raúl Hernández Moreno
En el 2000, cuando Vicente Fox derroto al PRI, después de 71 años de permanencia en el poder, muchos mexicanos, aun los que no simpatizaban con el PAN, se ilusionaron con la idea de que ahora si México se desarrollaría y se convertiría en un país del primer mundo.
Fox llegó prometiendo que la economía crecería en un 7 por ciento anual, que se crearían un millón de empleos por un año y que en 15 minutos resolvería el problema del Ejército Zapatista, surgido seis años antes.
Fox fue una gran decepción para propios y extraños. Pocos quedaron satisfechos en su paso por Los Pinos: su esposa Marta, los hermanos Bribiesca y otros bribones.
Hasta Jorge Castañeda se desencantó de Fox.
Cuando Felipe Calderón llegó a Los Pinos despertó pocas simpatías, pues a esas alturas ya era conocido que lo que más disfrutaba en la vida era emborracharse un día sí y otro también, con sus amigos, como el finado Juan Camilo Mouriño.
A los pocos días del arranque de su sexenio inició una guerra contra el narco que 12 años después seguimos padeciendo y no ha resuelto el problema de inseguridad sino todo lo contrario. Tampoco avanzó en el tema de la corrupción. Los mexicanos se sintieron traicionados por la mala actuación del dipsómano Presidente y decidieron castigar al PAN, dándole un voto de confianza al PRI.
En el 2012, Enrique Peña Nieto no tuvo dificultades para ganar. A diferencia del 2000 y 2006, en que la competencia entre los principales partidos fue cerrada, Peña arrasó con sus rivales y logró la más alta votación hasta entonces obtenida en una elección presidencial: más de 19 millones de votos.
En su arranque de sexenio, Peña Nieto logró unir a todos los partidos políticos para que le aprobaran sus reformas estructurales con las que prometió que ahora si habría desarrollo para todos.
Las reformas se aprobaron, pero no pasó nada. La única que resultó efectiva en la práctica fue la de comunicaciones que se reflejó en tarifas de telefonía fija y móvil más bajas. En todo lo demás, no se han dado los avances prometidos, por más que el gobierno se empeñe en decirnos lo contrario.
En este 2018, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador tiene esperanzados a los más pobres mexicanos de que ahora si habrá acciones asistenciales del gobierno para ellos, que se traduzcan en mejores condiciones de vida.
En cambio, tiene con el Jesús en la boca a la clase media alta y a la clase alta, porque no hay recursos oficiales que alcancen para cumplir con lo prometido. Los grandes empresarios se imaginan al nuevo gobierno nacionalizando empresas, inventando impuestos a los ciudadanos de más altos ingresos, fabricando dinero para cumplir con los compromisos.
A AMLO habrá que darle tiempo para que llegue y ver si realmente gobierna con acierto, como lo promete, o si todo es puro chacoteo.
