septiembre 29, 2022

AL VUELO  –  Plebeyo

Por Pegaso

Hoy, como simples plebeyos que somos, mis dos o tres lectores y yo iniciaremos un movimiento mundial para eliminar de una vez por todas y para siempre a los reyes, emperadores, monarcas, emires, califas y toda esa sarta de zánganos que dicen que fueron puestos ahí por órdenes de algún dios.

Yo no sé qué tenemos en la cabeza. Durante los últimos días, desde que la dichosa reina de Inglaterra se petateó, todos estamos pegados en la televisión y en Internet para ver cómo fue su funeral, cómo iba vestida, si le pusieron su corona para enterrarla, que si la última foto, que la última frase que dijo…

Ya en una colaboración anterior demostré que los reyes, príncipes, princesas y duques de la actualidad, son los herederos de un infame saqueo, sanguinarios asesinatos y traiciones sin par. Pero a pesar de todo esto ¡seguimos echándoles porras y llorando porque se murió la Chabela!

Antes, si alguien llegaba a preguntarle a los reyes cómo habían llegado a ocupar el trono, decían que Dios se les había aparecido y les dijo que ellos iban a reinar sobre millones de personas.

Con el paso del tiempo, solían consolidar su dominio aterrorizando a sus opositores, haciéndoles la guerra a sus vecinos, esclavizando o masacrando a los vencidos y disfrutando las riquezas obtenidas por la fuerza.

Es entendible. Todos queremos disfrutar de fama, belleza y fortuna sin ningún esfuerzo.

¿Quién no quisiera ser heredero de un abuelo multimillonario con título de nobleza? ¿Tener castillos con cientos de sirvientes? ¿Qué todo el mundo se incline ante ti y te trate con gran pompa?

Todos. Todos quisiéramos eso. Por tal motivo nos vemos reflejados en ellos y llegamos a admirarlos. No vemos las manchas de sangre que hay en sus insignias y condecoraciones.

Por supuesto que ellos no tienen la culpa de lo que hicieron sus tatarabuelos, pero la sangre derramada ahí está, clamando desde hace siglos por un castigo que nunca llegará.

Hoy, los títulos de nobleza heredados, no se consolidan con guerras o asesinatos, sino con portadas de las revistas del corazón.

Pero ahí estamos todos babeando las páginas, imaginando que somos nosotros los que estamos retratados en el lustroso papel.

Queremos saber qué dijo el Príncipe de Gales, a dónde fue la Reina de España o si se le vieron los calzones a la Princesa de Mónaco.

La realeza no hace falta en el mundo. Ahora tenemos gobiernos que son puestos por nosotros mismos y que se supone que trabajan para nuestro beneficio.

Aunque hay algunos que se sienten reyes. Pero ese ya es tema para otra columna.

Mientras tanto, ya verán que dentro de poco tiempo nuestro movimiento anti reyes cobrará fuerza. No descansaremos hasta lograr el objetivo. ¡Por la victoria, hasta el final!

Quitémosles los títulos, expropiémosles los castillos. Que los señores se pongan a trabajar como cualquier hijo de vecino. Que ganen un salario mínimo y se vayan a vivir a una palomera del INFONAVIT. Que en lugar de atender sus enfermedades en los más exclusivos centros hospitalarios, se vayan a hacer cola al Seguro Social, que les den aspirinas cuando enfermen de cáncer o diabetes y que al jubilarse, tengan una pensión de hambre.

Que se olviden de la comida preparada por los chefs o restaurantes con estrella Michelin. Ya no más trufas, ya no más vino tinto de Burdeos con filete mignón. ¡Que se vayan a echar unos tacos de Don Yeyo con su chesco de sabores!

Los únicos reyes que vamos a tolerar son los de ajedrez, al rey Pelé, al rey de chocolate, a la canción de José Alfredo y al rey del humorismo blanco.

Por eso, aquí nos quedamos con el refrán estilo Pegaso, dirigido a todos aquellos que aman y rinden pleitesía a esos parásitos: “Individuo que de motu proprio es bobino añoso, incluso al yugo degusta”.  (El que por su gusto es buey, hasta la coyunda lame).