Por Arturo Rosas H.
La elección interna del PAN dejó una lectura que rebasa el relevo de una dirigencia. La militancia decidió cerrar uno de los capítulos más largos y controvertidos del panismo tamaulipeco.
La victoria de Gloria Garza Jiménez no representa únicamente un triunfo personal. Simboliza el rompimiento definitivo con el grupo político que durante más de dieciséis años controló al partido desde el grupo Reynosa.
Los resultados preliminares fueron contundentes. En la mayoría de los municipios, la diferencia fue tan amplia que la elección terminó convirtiéndose en un plebiscito contra el cabecismo.
La militancia habló donde realmente cuentan las opiniones: en las urnas. Ahí decidió retirar el liderazgo político al grupo de Reynosa encabezado por Francisco García Cabeza de Vaca.
No fue una derrota circunstancial. Fue el cobro político por una larga cadena de decisiones que terminaron alejando al PAN de su propia doctrina y de su militancia tradicional.
Muchos panistas históricos fueron desplazados durante ese periodo. Los espacios dejaron de asignarse por trayectoria o capacidad y comenzaron a depender de la cercanía con un solo grupo.
Las candidaturas terminaron concentrándose entre los mismos perfiles, mientras numerosos cuadros con trabajo partidista fueron relegados, marginados o simplemente ignorados.
A ello se sumó el desgaste que dejó un gobierno señalado por excesos de poder, confrontaciones políticas y decisiones que todavía permanecen bajo el juicio de la opinión pública.
Incluso dentro del propio panismo quedó la percepción de que el ejercicio del poder terminó alejándose de los principios que durante décadas distinguieron al partido.
Hoy esa factura comenzó a cobrarse. La elección interna fue el instrumento mediante el cual la militancia decidió recuperar el control de su organización política.
Sin embargo, la victoria apenas representa el primer paso. El verdadero desafío para Gloria Garza comienza ahora, cuando deberá reconstruir un partido profundamente dividido.
No será una tarea sencilla. Tendrá que reconciliar grupos, recuperar liderazgos municipales y devolverle al PAN la confianza de miles de militantes que se alejaron durante los últimos años.
También deberá construir procesos internos verdaderamente democráticos, donde las candidaturas vuelvan a decidirse mediante reglas claras y no por designaciones de escritorio.
Si el nuevo PAN repite el modelo que hoy la militancia rechazó, el cambio de dirigencia habrá servido de muy poco.
Frente al partido aparece además un escenario político complejo. Morena gobierna Tamaulipas, pero también enfrenta un creciente desgaste derivado de señalamientos nacionales y controversias que alimentan el debate público.
La oposición tiene espacio para crecer, pero únicamente si logra recuperar credibilidad. Ningún ciudadano cambiará de opción si encuentra las mismas prácticas que antes rechazó.
Gloria Garza necesitará una militancia activa, organizada y convencida. Sin estructura territorial, sin unidad interna y sin reconciliación partidista, difícilmente podrá construir regiones competitivas rumbo al 2027.
También tendrá que demostrar que el PAN puede convertirse nuevamente en un contrapeso serio, sin miedo a cuestionar al poder cuando existan temas relacionados con seguridad, transparencia o presuntos actos de corrupción.
Porque la ciudadanía espera una oposición firme, responsable y con autoridad moral. Esa autoridad no se construye con discursos, sino corrigiendo primero los errores cometidos en casa.
La elección del domingo dejó un mensaje imposible de ignorar: el cabecismo perdió la conducción del PAN. Ahora comienza una etapa donde Gloria Garza deberá demostrar que el partido aprendió la lección y que la democracia interna dejó de ser solamente un discurso.
