Por José Ángel Solorio Martínez
El sistema político, económico y social de los EUA, está colapsando por las enormes contradicciones sociales que ha venido prohijando y las cuales se agudizaron el pasado y presente siglo. Millones de trabajadores depauperados, ven pasar el mismo espacio geográfico que habitan, a muy pocos multimillonarios que han concentrado como nunca la riqueza que con su esfuerzo crean.
Esos potentados, conjeturan que el futuro es de las máquinas; de las computadoras y sus algoritmos que las mueven y las transforman en entes productivos.
Esa visión, apocalíptica, convierte a los humanos en seres prescindibles en los modos de producción que ellos han construido en su imaginación.
Una conducta demencial de un presidente que gobierna desprendido de la realidad y los planes futuristas de un imperialismo que insiste en regresar al colonialismo más ramplón, están llevando a ver como una necesidad la expulsión de todos los indocumentados que viven en su país, trabajando, y con ello despojando los derechos laborales de los norteamericanos.
¿Funcionarán esos planes?
No lo sabemos; lo que estamos viendo, es una rebelión de ciudadanos y actores políticos que ven con asombro a tantas personas, gringas o no, protestando en cada vez más numerosas, incendiadas calles.
Ya salió Bill Clinton.
Barack Obama hizo lo propio.
Ambos con opiniones bastante fuertes, aunque comedidas con el presidente Trump. Entre líneas, lo que afirman su falta de tacto y a dónde está llevado a EUA: la destrucción de sus valores fundacionales.
¿Estará tan alucinado Donald, como para mandar al caño las llamadas de alerta de sus antecesores?
Personajes del mundo del espectáculo desde hace semanas se han pronunciado por frenar la embestida gubernamental contra los inmigrantes.
Al contrario: el gobierno federal ha arreciado su ataque, que incluso se ha extendido contra sus propios ciudadanos. Esa ofensiva de las instituciones de inmigración ha tenido un saldo más que dramático: decenas de heridos y al menos tres muertos de bala.
La óptica de Trump es el síndrome de Nerón: ve la ciudad en llamas y feliz, acaricia el arpa en tanto el dolor y el luto, flotan -como humo- en el insostenible e incendiario ambiente.
Atónitos los legisladores y senadores norteamericanos atestiguan cómo se conduce su país al despeñadero.
Para cualquier observador desapasionado y sensato, Trump está acabado; lo que no se sabe, es cuándo lo removerán y quién lo reemplazará.
Han sido muy cuidadosos los expresidentes con sus declaraciones. No se atreven a delinear lo que demanda el país en estos escenarios tan turbulentos.
No lo dicen, pero ya lo han dicho varios relevantes ciudadanos norteamericanos: Trump está en el límite de masacrar a su pueblo y desatar una conflagración con ingredientes nucleares.
