Por Jesús Martín Cepeda Dovala
En México, la educación siempre ha sido presentada como el gran instrumento de transformación nacional. Cada sexenio lo repite; cada discurso oficial lo promete; cada reforma presume que ahora sí llegará “la nueva escuela mexicana”, el verdadero cambio, la modernidad educativa. Sin embargo, la realidad suele aparecer en decisiones aparentemente pequeñas, porque ahí es donde se revelan las prioridades auténticas de un país.
La reciente determinación de reducir el ciclo escolar 2025–2026 en 28 días hábiles —40 naturales— bajo el argumento de las altas temperaturas y la celebración del Mundial de Futbol, merece una reflexión mucho más profunda de la que ha ocupado en el debate público. Porque el problema no es únicamente que se acorten las clases. El problema es el mensaje político, cultural y moral que esta decisión transmite.
Una nación revela su escala de valores en aquello que protege primero cuando enfrenta dificultades; y en este caso, México parece haber decidido que la escuela puede esperar.
Nadie sensato negaría que el calor extremo representa un problema real; las altas temperaturas en muchas regiones del país son peligrosas y exponen una precariedad histórica en la infraestructura escolar: planteles sin aire acondicionado, sin aislamiento térmico, sin sistemas eléctricos adecuados, sin acceso digno al agua; pero precisamente ahí surge la primera pregunta que pueda perturbar o incómodar a algunas personas,… ¿cómo es posible que un país que presume megaproyectos multimillonarios no haya sido capaz de garantizar condiciones mínimas de habitabilidad para millones de estudiantes? La solución más sencilla fue recortar clases y con esto el problema estructural se resolvió administrando la ausencia. Y todavía más delicado resulta incorporar al Mundial de Futbol como parte del argumento. Porque entonces la discusión deja de ser climática y se convierte en cultural, y así se normaliza la idea de que el espectáculo puede alterar la vida educativa nacional. El entretenimiento globalizado termina influyendo más en el calendario escolar que el rezago académico acumulado después de la pandemia.
Ese dato debería alarmarnos mucho más de lo que parece; porque México arrastra desde hace años una crisis silenciosa de aprendizaje y falta de disciplina. Diversas evaluaciones nacionales e internacionales muestran deterioro en comprensión lectora, matemáticas y pensamiento científico; miles de estudiantes llegan a secundaria con enormes dificultades para leer correctamente; otros egresan del bachillerato con vacíos graves de formación básica. Las universidades lo saben, las empresas lo saben y los maestros lo saben; pero el sistema sigue actuando como si el problema fuera secundario.
Reducir semanas de clase en ese contexto no es una decisión menor; es aceptar implícitamente que el tiempo educativo ya no posee valor estratégico; y es aquí aparece otra contradicción profundamente preocupante, México insiste en hablar de competitividad, innovación, reubicación, inteligencia artificial y desarrollo tecnológico, mientras reduce espacios de formación académica. Queremos ser una potencia industrial, pero debilitamos el fundamento esencial de cualquier nación moderna, el capital humano.
Los países que lograron transformaciones profundas no lo hicieron reduciendo escuela, sino fortaleciéndola. Corea del Sur, Finlandia, Singapur o incluso China entendieron algo elemental; la educación no puede subordinarse a la comodidad política, a la improvisación administrativa ni al espectáculo mediático. Puede haber festivales, deportes y entretenimiento; pero la escuela permanece como prioridad nacional permanente.
En México, en cambio, parece existir una peligrosa costumbre, adaptar la educación a las circunstancias políticas del momento. La pandemia cerró aulas durante periodos larguísimos. Después vino una recuperación incompleta, luego los conflictos sindicales, los cambios curriculares apresurados, los problemas de infraestructura y ahora la reducción preventiva del calendario… Todo se ajusta… excepto la exigencia académica.
Y el costo no será inmediato, nunca lo es. Las consecuencias aparecerán años después, cuando los estudiantes enfrenten mercados laborales más complejos, universidades más competitivas y un mundo que exige capacidades reales, no discursos oficiales; porque hay algo todavía más grave que perder días de clase; perder la convicción social de que la educación merece sacrificio, inversión y disciplina, y cuando una sociedad comienza a considerar normal que el calendario escolar pueda comprimirse por presión climática, logística o deportiva, el problema ya no es administrativo; es civilizatorio; y esto significa que la escuela dejó de ocupar el centro moral del proyecto nacional.
No debemos de olvidar que la educación pública mexicana fue, durante décadas, uno de los pilares de construcción del Estado; que a pesar con todas sus limitaciones, representaba una idea poderosa, que el país apostaba por formar ciudadanos, profesionistas y conciencia nacional. Hoy, en cambio, pareciera avanzar una visión más frágil, más inmediata, donde lo urgente desplaza constantemente a lo importante. El riesgo de una nación no comienza cuando pierde dinero; comienza cuando pierde rumbo, y un país que reduce escuela mientras multiplica distractores corre el peligro de acostumbrarse a la superficialidad como política pública.
No se trata de negar el futbol, el Mundial será un evento enorme y legítimamente emocionante; tampoco se trata de ignorar el calor extremo porque este siempre ha existido. Se trata de entender que los gobiernos están obligados a resolver problemas sin debilitar aquello que debería ser intocable; la formación educativa de millones de niños y jóvenes. Porque una nación puede sobrevivir sin Mundial, y puede sobrevivir incluso a una crisis climática temporal. Pero lo que difícilmente sobrevive es una sociedad que deja de tomarse en serio la educación.
“Una sociedad comienza a perder el rumbo cuando deja de considerar la educación como su prioridad más importante.” Jcdovala
