Por Raúl Hernández Moreno
Hubo un tiempo, muy reciente, por cierto, en el que en el PAN pocos querían ser candidatos a cargos de elección, y en cambio, en el PRI eran muchos los que se peleaban el privilegio de aparecer en la boleta.
Hoy los tiempos se han invertido: en el PAN muchos quieren ser y en el PRI, cada vez son menos los que pelean posiciones, excepto si se trata de los primeros dos lugares de la lista de regidores.
Cuando en el 2000 el PAN andaba en busca de un candidato a diputado federal, nadie quería. Al final Arturo Sanmiguel, en su calidad de presidente, tuvo que entrar al quite y se registró como candidato, por mero formulismo, con tan buena suerte que el efecto Vicente Fox lo hizo ganar.
Al año siguiente, Héctor “Teto” Peña y Heriberto Cantú tuvieron que irse a una elección para decidir quién debía ser el candidato a la presidencia municipal. Ganó Heriberto por unos cuantos votos de diferencia, y en medio de señalamientos de que había comprado a algunos militantes mediante canastas con regalos y dinero en efectivo.
Después decayó el interés en las candidaturas del PAN y en el 2012, Glafiro Salinas terminó de candidato a diputado federal porque declinaron otros prospectos como Carlos Canturosas. Y sin hacer campaña, Glafiro ganó por el efecto Josefina Vázquez. Y eso que en plena campaña, lo abandonó a su suerte, el presidente del PAN, Carlos Bulás, molesto porque el candidato no le soltó dinero.
En el PRI se acostumbraron a que el partido y el gobierno eran uno solo, que llegaban a cada proceso electoral convencidos de que la elección era de mero trámite y estaban ganados desde mucho antes del día de la votación.
Y los resultados les daban la razón, al menos en la alcaldía, desde Héctor Canales hasta Benjamín Galván; en las diputaciones federales si se perdieron algunas: en 1972, 1985, 1988, 2000 y 2012 y 2018.
En los tiempos de la supremacía priista hasta ser suplente de regidor era atractivo, pues el interesado estaba convencido de que una vez ganada la elección era seguro que se le otorgara un nombramiento como director o jefe, o por lo menos un puesto de aviador.
Toda esta confianza priista, y hasta soberbia, termino en el 2013 con la derrota del PRI en la elección de presidente municipal. La debacle inicio un año antes con la pérdida de la diputación federal, pero nadie le dio importancia.
Las derrotas electorales que el PRI tuvo en el 2012, 2013, 2015, –perdió en Nuevo Laredo, pero el voto le la ribereña le hizo ganar el distrito– 2016 y 2018, han desanimado a los priistas y cada vez son menos los interesados en ser candidatos. Muchos aspiran a ser candidatos y nada más, es decir, están convencidos de que no van a ganar, pero quieren adornar su currículo. Con eso se dan por bien servidos.
Este desanimo va a empeorar en la elección del 2019, en la que el PRI será espectador de palo y va a dejar que el PAN y Morena compitan entre sí y decidan al ganador.
