Por José Dosal Hernández
Las agresiones a periodistas, verbales o físicas han sido una constante que se promueve desde la sala de prensa de Palacio Nacional y que ponen en práctica los gobiernos estatales como es el caso de Tamaulipas.
Lo que para el Presidente Andrés Manuel López Obrador se volvió un deporte aplaudido por su vocero Jesús Ramírez, para los periodistas es un tema preocupante pues en el actual sexenio morenista se registra el mayor índice de asesinatos de tundeteclas.
Cobijado por equipos de seguridad López Obrador goza los atentados no sólo contra los medios, también contra civiles y se carcajea cuándo son opositores.
En Tamaulipas, a la llegada de Américo Villarreal Anaya la situación se complicó para muchos periodistas, pese a sus discursos humanistas y de respeto, sus “achichincles” desataron no sólo guerra fría, también una verdadera cacería con amenazas, insultos y graves advertencias, incluyendo a familiares de periodistas como el caso del colega Guadalupe Díaz Martínez, Director del Periódico El Gráfico.
El Alcalde Eduardo Abraham Gattás y su hermano Mauricio, son directamente señalados.
Igual suerte han corrido Gildo Garza, Melitos García, Osberto Vera, Demis Santa, Oscar Díaz, Solorio Martínez, incluyendo a quien escribe está columna entre otros compañeros.
Con la llegada de jefes de prensa de la 4T se cerró el ciclo de los conciliadores o interlocutores que mantenía un equilibrio entré Prensa-Gobierno-pueblo.
Desde las oficinas de Francisco Cuellar, somos boletinados ordenando la suspensión de renta de espacios publicitarios en nuestras páginas.
Ciegamente como esclavos siguen las radicales órdenes Jorge Vela, Jorge Tinajero, Marco Batarse Contreras, Ubaldo Castillo, Manuel Aguilar y Miguel Aguilar.
El refuego contra reporteros jamás ha funcionado porque rompen una línea de comunicación que para el gobernante es importante, siempre y cuando su proyecto sea seguir escalando peldaños políticos.
Y actúan con odio y rencores acumulados.
Morena y la 4T les extendieron un cheque en blanco para manejarlo a su antojo, pero no han leído las letras chiquitas, todos sus cargos tienen fecha de caducidad.
