El gran fondo de la victoria de Lula derrotando a Bolsonaro en Brasil que evidencia el triunfo de la Izquierda sobre la Derecha y todo lo que esto entraña, es lo que ahora analiza y comenta con prospectiva para nuestras próximas elecciones, el amigo y apreciado colaborador, diputado Ricardo Monreal Avila. Ya sabes…no dejes de leerlo.
(Abraham Mohamed Z. Director del Grupo Editorial Candelero).
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El triunfo de la soberanía en el convulso concierto internacional.
Por Ricardo Monreal Avila
A bote pronto: la remontada brasileña de Lula de 10.5 millones de votos entre la primera y la segunda vuelta presidencial, que le permitirá gobernar desde la izquierda por cuarta ocasión al país y a la economía más grande de Latinoamérica, tiene como sustento una combinación de movilización territorial con lucha digital sin tregua.
La conjunción de territorio y aire se guio por nacionalismo y soberanía; la política económica y social que reunió crecimiento y bienestar y en ocho años permitió sacar de la pobreza y las favelas a más de 33 millones de brasileñas y brasileños. Seis programas universales llegan al menos a un integrante del 80 % de los hogares; el más extendido es Bolsa Familia.
Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con una narrativa de ultraderecha: acusó al gobierno de Lula de corrupto, estatista y aliado del crimen organizado (¿les suena esta cantaleta?). Obtuvo 56.1 millones de votos y Lula, 53.9 millones. Con participación similar, Bolsonaro necesitaba 3 millones de votos adicionales y Lula, al menos 8 millones. La remontada parecía difícil, pero Lula sumó 10.6 millones.
¿De dónde salieron? Según las primeras encuestas de salida, 4.5 millones de votos habrían sido de abstencionistas de la primera vuelta y los 6.1 millones restantes, de electores que votaron por otros candidatos: Augusto Cury, Renan Santos y Ronaldo Caiado.
En tres semanas, la estrategia fue movilizar a quienes se abstuvieron y formar una alianza “centrista” con quienes no votaron por Lula. A esas personas no les ofreció su portafolio de Programas Sociales, sino empleos bien pagados, mejor educación para la juventud de clase media, vivienda económica y salud pública universal y de calidad.
En 10 de los 27 Estados que forman Brasil, Lula obtuvo el 60 % de los votos adicionales. Es decir, exprimió a los Estados simpatizantes (los del norte), y se metió a dar la pelea en los Estados derechistas o bolsonaristas. Aquí la guerra digital fue clave.
Con Meta en campaña abierta por Bolsonaro, el diputado André Janones creó el canal de WhatsApp “El Ejército de Lula”, con 10.5 millones de seguidores. En vez de solo responder ataques, expuso a la derecha y mantuvo la ofensiva. Durante las últimas dos semanas lideró la escucha social y difundió audios, memes, reels, instrucciones de organización y otros contenidos por todo Brasil. Allí, el nacionalismo y la soberanía florecieron y se tradujeron en votos.
Sin embargo, vale la pena resaltar que la remontada de Lula no ocurrió en el vacío, pues se dio en un mundo donde la ultraderecha internacional, lejos de aceptar las reglas de la democracia, recurre a la deslegitimación preventiva y al sabotaje económico cuando pierde. La reacción inmediata de los mercados brasileños -caída del 15 % del Bovespa, depreciación del 12 % del Real y suspensión bursátil- fue un castigo político, no una evaluación técnica. Donald Trump cuestionó la reelección de Lula al afirmar que los comicios “parecían manipulados”; la misma perorata que se repite en el continente cuando la derecha pierde.
Ese contexto internacional, precisamente, da sentido a la afirmación de que “el nacionalismo y la soberanía sí votan”. Y no es una consigna abstracta, es una respuesta concreta a un asedio global. Mientras Trump cuestionaba el resultado brasileño, su Administración aceleraba negociaciones comerciales con México y Canadá, anticipando un entendimiento para reducir aranceles sobre acero, aluminio y automóviles. La potencia que reclama soberanía para sí misma -imponiendo aranceles bajo el argumento de seguridad nacional- no puede pretender que Brasil renuncie a la suya. La soberanía no es un privilegio de los pueblos fuertes; es un derecho de todos.
El triunfo de Lula demuestra que la movilización territorial y la lucha digital pueden vencer al poder económico y mediático cuando se articulan con una narrativa cultural de nacionalismo y soberanía. Pero el dato más revelador no es el volumen de votos recuperados, es su composición sociológica, pues Lula ganó tejiendo una alianza interclasista que incluyó a sectores medios urbanos, trabajadores informales y electorado de centro que en la primera vuelta optaron por opciones moderadas. Les habló desde el púlpito ideológico, no desde la gramática de la vida cotidiana.
Ese giro -de la reivindicación histórica a la gestión concreta- convirtió al nacionalismo y a la soberanía, antes consignas de nicho, en un proyecto capaz de interpelar a mayorías. La soberanía se defiende cuando el Estado demuestra que puede mejorar la vida de quienes lo habitan.
La hazaña político-electoral también conlleva una importante lección de comunicación política. Mientras Meta estaba en abierta campaña a favor de Bolsonaro, el diputado André Janones no se limitó a responder ataques; instrumentó una estrategia con base en la proactividad y el talento de las y los partidarios de Lula. Estuvo siempre a la ofensiva, lideró la escucha social y distribuyó simultáneamente una serie de contenidos precisos y pertinentes por todo Brasil. Allí, en esa guerra digital sin tregua, se afirmaron los cimientos de la eventual victoria de la izquierda.
Pero el triunfo de Lula no es un cheque en blanco. La derecha no obtuvo la Presidencia, pero sí la mayoría en el Congreso, y desde allí buscará bloquear al gobierno, como ya lo hizo con Dilma Rousseff. Y el contexto internacional no será benévolo: la Unión Europea aprueba miles de millones para apoyo militar a Ucrania, China propone sanciones a empresas extranjeras, por seguridad nacional, y la inversión extranjera directa mundial crece, pero los nuevos proyectos disminuyen. El mundo se repliega hacia la soberanía y el proteccionismo, y Brasil no será la excepción.
¿Cuál es la clara lección para América Latina? Que el nacionalismo y la soberanía no son conceptos decimonónicos que deban guardarse en el baúl de los recuerdos. Son herramientas vivas de defensa frente a la injerencia y el sabotaje. Lula lo demostró en las urnas; México lo demuestra en las negociaciones comerciales con Estados Unidos. Y la ultraderecha, que cuestiona resultados electorales y castiga a los mercados cuando pierde, demuestra que no cree en la democracia que dice defender. El nacionalismo y la soberanía sí votan. Y en Brasil, votaron por la esperanza.
X: @RicardoMonrealA
